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lunes, 11 de junio de 2012

Fuego. ¿Por qué no aprendemos?

Sinceramente creí que no volvería a pasar. Creí que el incendio de 2005 sería una vacuna que por mucho tiempo nos haría ser conscientes de las consecuencias dramáticas que tiene ser irresponsable con el fuego. Era una vacuna muy cara, por las dimensiones del la catástrofe, 3.500 has,  y por el valor de los lugares calcinados, dentro de los cuales Tello era el icono. Como digo, la vacuna era cara, pero por eso mismo creía que sería eficaz. Recuerdo aquellos días de 2005, creo que nunca he visto nada que haya provocado tanta tristeza colectiva al pueblo de Lanjarón. Tanta tristeza, tanta indignación, estaba seguro, dejarían huella en nosotros, dejarían una enseñanza tan profunda, de tal potencia, que nos haría, en adelante, poner todos los medios para que cosas así no se repitieran.

En aquellos días, la indignación tenía un foco en el que centrarse, la pareja de extranjeros que con su imprudencia provocaron el incendio. El que la gran mayoría de monte quemado fuera terreno forestal que ha de cuidar la Junta de Andalucía también daba argumentos a quienes querían buscar más culpabilidades. Pero, más allá de culpabilidades y polémicas, había una lección, no se puede ser imprudente con el fuego, las consecuencias son muy fuertes y después es muy difícil y costoso recuperar lo perdido.

Este fín de semana la tragedia para nuestro paisaje y nuestro medio se ha repetido, esta vez no hay extranjeros y las fincas en las que se inicia y expande el fuego no son monte público, son terrenos privados. La vacuna parece haber caducado apenas siete años después, las lecciones que se han de extraer esta vez han de ser mas amplias.


De nuevo el fuego, de nuevo el paisaje negro, de nuevo el sonido de los helicópteros y las sirenas, las lágrimas de aquellos que temen por su finca, por su cortijo, por muchos años de trabajo y esfuerzo dando lo mejor de sí en una tierra que, en muchos casos, es la misma sobre la que derramaron su sudor los abuelos y los padres. De nuevo el fuego.

Sé que no es bueno sacar conclusiones cuando aun humea la tierra, sé que es aun peor buscar culpables, pero no me puede resistir a hacer varias reflexiones que espero sirvan de cara al futuro.

Como me habéis escuchado decir muchas veces, nuestro paisaje tiene un valor muy especial, un valor de belleza, un valor ecológico, de vida de especies vegetales y animales, de ecosistemas, pero también un valor antropológico. Nuestro paisaje, dejado, abandonado a la sola acción de la naturaleza, desemboca en erosión y zarzales que lo cubren todo. Nuestro paisaje tiene su valor en la forma en la que el ser humano, históricamente, había aprendido a convivir con él. El ser humano transformó la escarpadas laderas en bancales, hizo balates de piedra que los sujetaban y evitaban así la erosión, construyó una red de caminos que daba acceso a todas las fincas, que llegaba a los lugares más recónditos de nuestro término municipal, construyó kilómetros de acequias para darle riego, llenando de castaños sus orillas. La acequia alimentaba a los castaños con el agua que se filtraba de ella y los castaños, en pago por ello, en justa correspondencia, la sostenían con sus raíces para que esta siguiera corriendo años tras año. Las acequias filtran agua que nace en nuestros manantiales kilómetros mas abajo. A lo largo de los siglos, el ser humano en Lanjarón, en la Alpujarra y en toda Sierra Nevada, ha vivido de la naturaleza, mejorándola, no depredándola, y todo ello para poder sacar adelante una agricultura escasa, que rara vez llegaba para alimentar a una familia media.

El desarrollo industrial de otras zonas de Europa y de nuestro país posibilitó que muchos de nuestros vecinos pudieran aspirar a un mejor horizonte de vida lejos de aquí, luego, el desarrollo de nuestros propios pueblos abrió nuevas expectativas que ya nada tienen que ver con la agricultura. Nuestros campos se abandonan, la agricultura, que aquí nunca ha sido rentable, ahora además no es necesaria para la subsistencia de las personas.

Pero la agricultura era la base de mantenimiento de nuestro paisaje, su propio origen, y, cuando ha perdido su protagonismo, no le hemos buscado alternativas que nos sirvan como elemento de preservación y conservación. No hemos sabido darle a nuestro suelo rústico otros usos que hereden el equilibrio con el que siempre hemos trabajado la tierra en estos pueblos. No hemos hecho una gestión del suelo equilibrada, hemos comenzado a obrar y legislar desde los extremos, o dejamos que cada cual haga lo que quiera, lo que da lugar a la degradación del paisaje por el exceso de ladrillo y hormigón, o lo prohibimos todo, dejando que las zarzas y la maleza crezcan convirtiéndose en la despensa de la que se nutrirá el fuego cuando cualquier negligencia humana le de ocasión de estallar.

La prevención de los incendios nace de la conciencia, pero, una vez que se tiene esta, hay que ser consecuente con ella. Todos individualmente tenemos que actuar de forma responsable no teniendo conductas peligrosas, pero hay que ir más allá, desde los poderes públicos, sea Ayuntamiento, Comunidad Autónoma, y Gobierno Central, más allá de este Partido o del otro, hay que generar un sistema de vida en el medio rural que permita que este se automantenga, hay que dar opciones de creación de riqueza y empleo que tengan como requisito previo para su propio desarrollo el mantenimiento del espacio natural. No podemos confiarlo todo a una política de limpiezas más o menos continuadas del monte público y a tener muchísimos y buenísimos dispositivos antiincendios, porque siempre que estos actúan, ya hay algún daño hecho. Hay que incorporar a la estrategia a la propia población, hay que incorporar los terrenos de titularidad privada, hay que dar continuidad a los trabajos y eso, bajo mi humilde punto de vista, solo es posible si generamos actividades económicas que, con el marco regulatorio apropiado, tengan el papel que ha realizado tradicionalmente la agricultura. Concluyendo, tenemos que hacer de nuevo necesario para nuestro desarrollo económico un campo limpio y cuidado. Aunque no es fácil, es posible, solo hay que querer verlo y generar un consenso amplio al respecto.

No quiero despedirme sin dar las gracias a todas las personas que han trabajado en las tareas de extinción de los incendios, sobre todo a los propios vecinos que tanto han/hemos sufrido, a los efectivos de INFOCA de tierra, a los de aire, a la Guardia Civil y a Protección Civil. Y quisiera simbolizar este agradecimiento, de forma muy especial, en la figura de nuestra Delegada del Gobierno, María José Sánchez Rubio, que más allá de cumplir con su labor, estando todo el fin de semana pendiente de las tareas de extinción del incendio, trabajando para que todo se desarrollara adecuadamente, para tener dispuestos todos los medios materiales y humanos necesarios, lo ha hecho desde la cercanía y lo que es, en estas circunstancias, para mí mucho mas importante, desde la sensibilidad. De todo corazón, muchísimas gracias a todos.


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